La noche que nunca dijo adiós.

Era una puta hablándole al oído. Un susurro que nunca escucharía ni estando lo más cerca posible de él.

Le escribía a diario, rogándole una llamada, un mensaje en el cielo, un grito desesperado diciendo: “Llámame”, “Quiero estar contigo”, “¿Recuerdas nuestro primer día?”, “Quiero hacértelo”.

Entonces ella cedería e iría corriendo hacía él, aunque no lo quisiera. Ella estaría con el corazón, con los brazos e incluso con las piernas abiertas sólo para él.

Pero él no la escucha, no la llama y quizás ni la recuerda.

Parece haberse olvidado de su existencia.

Entonces ella agarra el metro, se sube rumbo al metro donde él vive. Lo acecha, lo ve pasar, se queda horas esperando en el teléfono que hay saliendo del metro.

Él ni la reconoce, cree que es basura y le arroja a los pies su botella vacía de Pepsi. 

Y se va lejos, da la vuelta a la calle y ella lo mira triste, quisiera seguirlo, quisiera pegarse a él, quisiera ser su sombra, su perra o de plano su mascota.

Quisiera entrar con él a su casa, a su cuarto. Amarlo cobijados por la oscuridad, el frío y el smog.

Quisiera sentir su cama, sus sábanas, sus almohadas, su cuerpo encima suyo y también su sudor.

Unos gemidos en el oído o su lengua fuera serpenteando en su cara. Acariciar su pelo mientras lo observa, ver su cuerpo perfecto envuelto en suciedad y rabia.

ESCUCHAR SU VOZ.

Pero no sirve de nada. Él allá, ella ahí. Y él seguro de que es buen musa de la soledad.

Ella seguirá ahí, acechando desde la oscuridad.

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Escrito a máquina.

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Infortunio.

¿Quién soy yo?

Una sombra deslizándose,

una puerta rechinando,

un plato mal acomodado,

una silla rota

en la cual nadie quiere sentarse.

 

Me preguntas quien soy yo

entrañable amigo,

quizás tú lo sepas más que yo

porque a estas alturas

aún no me encuentro.

 

El cepillo sin cerdas,

escalera de tres escalones,

un vaso a punto de quebrarse.

El sonido de interferencia

cuando escuchas tu radio.

 

Me lo vuelves a preguntar querido amigo,

no sé entonces si o sabes

ni tú ni yo nos encontramos,

somos reflejos de lo que quisiéramos,

de lo que interiormente anhelamos

y no nos atrevemos.

 

Yo, que me pintarrajeo la cara

a  escondidas de todos,

que lloro sobre la almohada

por eso que considero nunca

y puede ser porque no lo intento.

 

Yo, que me corto brazos y piernas con una navaja

en los días de extrema depresión.

 

Me lo preguntas mil veces más y ante tanta insistencia

¿Qué puedo decir? Hipócrita, estúpida e indiferente.

A todo. Incluso a ti.

Misántropa, escritora mediocre

que tuvo el infortunio de ser aceptada.

 

 

 

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Escrito original.

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